yo vs. macarenus

Después de pasar la semana pensando en esa noche, consultando las páginas meteorológicas, soñando lances, imaginando el tamaño de las navajas del visitante, llegó la tarde previa. Preparativos de todo tipo, nervios, prisas, limpieza de lentes, los prismáticos, las balas, la chaqueta, el aután, una botella de agua, unos caramelos por si me da tos, la silla, me encaro el rifle, otra vez, acerrojo, vuelvo a acerrojar, me encaro, otro repaso al visor. Un vistazo general para asegurarme de que está todo preparado y de repente:
Ahí estaba apostado en mi silla, a treinta metros del tiradero, estaba anocheciendo y antes de que la noche se echara encima comenzaron los rituales naturales propios del momento. Vi unos corcillos saliendo al raso ya que las moscas comenzaban a ser menos molestas, las mirlas con su sonora y variada sinfonía estaban buscando su aposento para pasar la noche, los arrendajos volando de encina en encina con su sentido quejido que parece salirle de lo más profundo, las moscas ya no son tan pesadas como hace un rato, los primeros mosquitos se dejan sentir a lo lejos, aunque cada vez más cerca, alguno incluso ya se lanza a por mi preciada sangre. Los grillos más tempraneros se animan a completar la banda sonora. El lucero hace acto de presencia en el cielo liderando el desfile del resto de estrellas que en breve, poco a poco, irán cogiendo su sitio.
Como si de una balanza se tratara en la que a un lado tenemos la noche, las estrellas, los grillos y los mosquitos; y al otro el día, los pájaros, las moscas... en la medida en la que el lado de la noche va ganando peso, los pájaros se van calmando, las moscas desaparecen, las estrellas aumentan en número, los grillos ganan fuerza en el plano sonoro, los mosquitos endurecen su ofensiva y en el corte que hace la sierra con el cielo, comienza a aparecer el resplandor de la luna. Hasta ese momento, como si de nuestra primera cita se tratara, se había mantenido tímida, indecisa, sin saber por qué vestido decantarse, pero finalmente, tras una sabia elección decide ponerse el que más me gusta, el de luna llena.
La capa de la noche ha cubierto casi todo el cielo, tan solo en el horizonte, allá por donde se ocultó el sol hace poco más de una hora, se observa todavía un apagado azul mezclado con un intenso morado y algún rayo de sol reflejado en alguna nube alta tiñéndola de rojo. Definitivamente los habitantes del día están descansando y han dado paso por completo a los grillos, a los mosquitos que han tomado posición y lanzan ataques a diestro y siniestro, y a las estrellas, que no son tan numerosas como otras noches porque la luz de la luna las eclipsa. Ésta está cada vez más cenital y en consecuencia las sombras se empequeñecen y el efecto de la luz es más intenso. Las ranas de alguna charca cercana están en pleno apogeo sexual y lo manifiestan con sus peculiares cantos... indescriptibles (ale, vaya forma de escurrir el bulto).Afortunadamente el aire continúa calmado y las nubes que veía en el horizonte no amenazan con interponerse entre la luna y yo. Aunque parezca mentira hay momentos de calma en los que parece que alguien haya mandado callar a la naturaleza, es como si estuviera sordo y sólo el ruido de mis tripas, o el roce de la ropa con el cuerpo parece que se va a oír desde el otro lado de la sierra. Bien entrada la noche, tras algún ataque de sueño y consiguiente cabezazo al aire, un revoloteo de una mirla me devuelve al mundo real, hace que mis sentidos se agudicen al máximo, entonces, intentando desplazar el oído hasta la ladera de enfrente, hasta el lugar exacto donde se ha espantado la prima del tordo, oigo la descuidada pisada del jabalí sobre una rama seca de jara tendida en medio de la trocha. Sus peores recuerdos le vuelven a la memoria, a sabiendas de que ese fallo en su calculado caminar puede delatarle de nuevo, como ya le pasó de jovenzuelo en dos ocasiones. La primera iba acompañando a su veterano maestro, al cual un error de este tipo le costó dar con sus colmillos en la pared de un feliz cazador. Con poco más de tres años se llevó el susto más grande de su vida, incluso peor que tener que lidiar contra feroces perros y dar esquinazo a expertos cazadores que cuando acertaban disparar era ya demasiado tarde, durante varios días a lo largo de los duros inviernos. Esa noche que se le vino a la cabeza, estaba de camino a un restregaero en el que se le quitaban los picores producidos por los parásitos que abarrotaban sus cerdas. Llevaba varios días visitándolo, siempre cauto, tomando precauciones, despacito, cogiendo viento, dando una vuelta por acá, otra por allá. De repente pisó una jara tronchada, eso le provocó un mal augurio, pero tras pasar más de una hora en silencio y habiendo comprobado que todo continuaba en orden decidió continuar el camino y acercarse de nuevo a darse un reconfortante restregón en la tierra milagrosa de extraño olor. Fue entonces cuando los nervios de un novel cazador evitaron lo aparentemente inevitable, un estallido causó un efecto paralizante en el sorprendido navajero, sus constantes permanecían dentro de la normalidad, pero inexplicablemente el escozor que notaba en la parte superior del espinazo por delante de las paletas (en las agujas) le impedía moverse, hasta que, finalmente, de un arreón comenzó una huida despavorida monte arriba. Desde ese día se volvió más cauteloso si cabe.
Tras ese inoportuno mal paso no vuelvo a escuchar nada, por la poca bulla que monta descarto que sea una piara, imagino que, o bien se ha dado la vuelta o bien, consciente de su error, ha ralentizado al máximo sus movimientos. Tanto es así que lo siguiente que escucho relacionado con mi compañero (a estas alturas ya lo puedo considerar así) me deja totalmente helado. A unos veinte metros entre el monte he oído lo que me ha parecido el vuelco de un canto, seguramente esté hozando en algún hormiguero. Me concentro en el oído pero no vuelvo a sentir nada, “este es de los que saben latín”, pienso. Después de media hora de absoluto silencio me sorprende el sonido de una pisada sobre la hojarasca pero en el lado totalmente opuesto a donde lo había sentido anteriormente, esta vez los latidos del corazón me impiden apreciar sonido alguno, parece que se me va a salir del pecho, incluso pienso que el jabalí puede oírlo desde donde está. Cuando consigo calmar el martillo dentro del pecho oigo a la orilla del monte movimiento de cantos y de repente una carrera hacia la espesura y silencio. ¿Qué ha pasado? ¡¡Si no he movido ni los ojos!! No me puede haber oído. Al momento al otro lado del comedero otra vez los cantos, ¿pero cómo se puede mover este bicho sin hacer el menor ruido? Ahora, agudizando la vista hasta casi el dolor miro y remiro al borde del comedero y por fin logro ver una sombra que antes no estaba. ¡Ahí está! De nuevo el corazón parece que se va a salir, comienza a temblarme el cuerpo entero, si tuviera que tirarle en ese momento seguro que no le pego. ¡La sombra se mueve! ¡Está entrando! Le oigo chascar los primeros granos de maíz. Sigue comiendo pero ahora vuelve a la orilla del monte, ¡Por favor, me va a dar algo! Vuelve a entrar, se queda parado, levanta la jeta para airearse, vuelve a comer, está dentro del comedero pero aprovecha la sombra de una encina para no descubrirse totalmente bajo la luna. Aunque está en la sombra creo que la mira me dará suficiente claridad como para hacer un disparo de garantías. Intento encararme el rifle pero me doy cuenta de que estoy demasiado nervioso. Lo bajo de nuevo, intento calmarme, a todo esto el macareno ha vuelto al monte de un arreón, ¿habrá barruntado mi movimiento? He logrado calmarme pero lleva diez minutos sin dar señales de vida. Es muy desconfiado, así que me concentro en calmar mis nervios, por si vuelve a entrar, tirarle en cuanto se cuadre como anteriormente. Vuelve a entrar pero ahora por el otro lado, ha vuelto a moverse de un lado a otro sin que me entere, mejor porque en ese lado no se puede resguardar en la sombra. Más confiado que antes entra comiendo sin reparar en si queda expuesto a la claridad de la luna. Es mi oportunidad, me echo el rifle a la cara, le tengo dentro del visor, centro la cruz en la paleta, las condiciones son inmejorables, no le puedo fallar, es el guarro de mi vida, ya veo los grandes colmillos en la tabla, aprieto el gatillo y... ¡¡patas arriba!!



