Los faisanes, esos gallináceos...

Por estas fechas, hace un año, uno de los miembros de la segunda mejor cuadrilla de la sociedad local, nos proponía asistir a una suelta de faisanes. La misma consistía en cubrir veinte puestos, situados alrededor de un cerro, desde el que soltarían cuatrocientos faisanes y doscientas perdices. Los puestos habrían de ser cubiertos por dos cazadores con dos escopetas, porque un solo ocupante podría acabar con el hombro reventado, aparte de que no daría abasto para cargar y disparar. El precio del puesto también invitaba a que fuéramos doblando, jejej, es una pildorita! Incluye desayuno y comida, eso sí.
Muchos aceptamos sin dudarlo, otros se lo pensaron antes de apoquinar y para otros, desde un principio, les sirvió como objeto de guasa (ahora todos quieren ir). Entonces comenzó el cortejo, “¿Quieres cazar conmigo en el mismo puesto?”, “sí, quiero”, ó “me gustaría pero estoy pedido”, “lo siento, es que voy con Menganito (primo de Fulanito)” “¿Con Menganito? Oh!! Le prefieres a él antes que a mí?”, “¿Compramos juntos los cartuchos?”. Hubo de todo, decepciones, rencores, celos, roneos… es que nos ponemos de un tontorrón. Poco a poco fueron saliendo las parejas hasta que juntamos cuarenta escopetas.
Por fin llegó el día, habíamos quedado en una gasolinera cercana a la finca, en una carretera comarcal. El gasolinero no se lo podía creer, nunca había visto tanto coche junto dentro del recinto, se frotaba los ojos, salió dispuesto a comerse el mundo, ya se veía conmemorado como el “gasolinero de la semana” pero su incredulidad aumentó cuando fue consciente de que ningún coche iba a repostar. Los que íbamos desde Madrid llegamos unos minutos antes que los que lo hacían desde el pueblo. Una vez todos juntos partimos en procesión hacia la finca.
El bar-restaurante, por llamarlo de alguna manera, nos defraudó un poquito. Para las migas nos metieron en un salón, bueno, en el salón, porque no había más, el cual se quedó pequeño. Tuvimos que comer de pié, varios del mismo plato, había que estar bien despierto para coger un trozo de chorizo.

Tras estas penurias se sortearon los puestos, nos llevaron al cazadero, nos colocamos y… salió (soltaron) el primer faisán, qué vuelo, qué armonía de movimientos, qué manera de batir las alas, qué PUM!!!, POM!!!, PIM!!!, PUM!!!, PAM!!!, PUM!!! Madre mía!!! Qué forma de descargar!!! Le dispararon desde tres puestos, fue el comienzo de un constante tiroteo. Los primeros que volaron se llevaron tiros desde que salían del cerro, después empezamos a coger las medidas y los aguantábamos correctamente. Íbamos rotando y cambiamos cuatro veces de puesto, a algunos la mala suerte los acompañó hasta el último puesto. En cada cambio teníamos que cobrar los pájaros abatidos, más los que se habían quedado heridos, algunos aprovechábamos para dar una manita extra, jijiijij.
“¡Son duros de cojones estos bichos!”, había muchos que, aun viendo que los pegabas, seguían volando como si nada. Los que no caían, fácilmente se llevaban ocho o diez tiros, cuatro (mínimo) desde el puesto, más los de los compañeros de ambos lados. Por pareja disparamos una media de ocho o nueve cajas de cartuchos. Matamos cuatrocientas treinta piezas de seiscientas que soltaron, muy buen resultado. Después hicimos el plantel, las fotos, el reparto.
Un cocido completó el menú del día.
Las risas, las historietas, los lances, los cuentos nos acompañan desde aquel día. El primer faisán es el más recordado por la mayoría, unos porque lo vimos y otros porque lo oyeron. Quedamos todos muy satisfechos por el gran día que habíamos vivido. Nada más terminar ya planeábamos cuándo podría ser la siguiente. Y la siguiente es ¡¡el próximo sábado!! Este año tenemos el reto de superar las cifras de la temporada pasada. Ya sabéis, cuatrocientas treinta piezas.
Hay gente a los que no le parece muy deportivo, y seguramente no les falte razón. ¿Y a vosotros?
Bueno, me voy a comprar un cajón de 6ª – 34 gramos.









